domingo, 11 de diciembre de 2016

LosNiñosLoboYLosLugaresAusentes

Epílogo o prólogo.

El niño lobo ha vuelto. Se presentó sin avisar un día de diciembre. Corría descoordinado, sin saber hacia dónde dirigía sus pasos. Se topó conmigo; le paré extendiendo mis brazos, y con las palmas de mis manos, mostrando mis líneas de vida, toqué las suyas.

Milagro. No sanó el niño el lobo, únicamente rescató mis sentimientos.

Según consulté posteriormente, había varios casos de niños lobo que vivían cerca de mi casa. Además, vi algún dibujo descriptivo, semejante al niño con el que me crucé. Como rasgo principal, la presencia y distribución de su bello. En la cabeza, ralo y vigoroso y en su rostro, una incipiente pelusa. En la descripción posterior, resaltaban los sonidos con los que se comunicaban, expresiones onomatopéyicas imprecisas. Y el pronóstico final, difícil pronóstico. Pronóstico impreciso pensé.

En algunas edificaciones de ciertos lugares comunes, no existen puertas, y el espacio se extiende, igual que la distribución del tiempo. En el hueco donde deberían ubicarse las puertas, se colocan cortinas de diversos materiales, que guardan la intimidad del lugar.

El problema surgió cuando se tuvieron que cerrar las puertas y colocar varias cerraduras. El problema fue que había algo que guardar y se fueron los niños lobo, resguardándose en lugares alejados. Y con ellos huyeron las chicas que tocaban la armónica y los negritos bailones. Se fueron yendo todos, como la magia que habitó en las palmas de mi mano, que decoraban mis líneas de vida.

El problema surgió cuando empezamos a contar números. Al uno le seguía el dos, pero éste saltaba hasta el trescientos quince, por ejemplo. Las paredes se había pintado de un azul demasiado intenso y estaban congelado los pensamientos.

Así un día, y otro día, hasta que se prestaba demasiada atención a los días que faltaban, y no a aquellos que  todavía tendríamos que disfrutar. Pasó que se miraba con frialdad, dirigiendo siempre la vista hacia el mismo lugar. Así el día torcido, cuando veíamos algo diferente, no reparábamos en ello, ¿acaso lo necesitábamos?

Le dije que ya había estado en Alsacia. En alguna ocasión todos hemos estado en Alsacia. Leí que allí fue humillado el ciclista Luis Ocaña por Eddy Mercks. Lo sabía desde hace tiempo pero no quería recordarlo, porque pensaba más en la gloría de éste último que en la amargura del primero. Además, ya conocía Colmar, en el corazón de los Vosgos alsacianos. Pero no le di importancia, quizá porque quise crear un lugar común, cuando en realidad era un lugar ausente, perdido. Un lugar en el que se había cerrado de antemano la puerta.

Vi al niño lobo a una distancia considerable de Alsacia, por casualidad, en otro lugar que no viene al caso.


Milagro. No sanó el niño el lobo, únicamente rescató mis sentimientos. Y sentí que hay lugares ausentes, vacíos, repletos de personas dignas con historias por contar.

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