sábado, 14 de noviembre de 2015

EntreElCieloYLaTierra


Carta a quien corresponda:

Ya son varias las metáforas que he escrito al respecto de mi trabajo, todas la verdad. En ésta que queda por redactarse a través de una escondida misiva, me surge una duda razonable. ¿Algún lector sabe a lo que me dedico?, ¿soy consciente de ello yo mismo?

Atrás dejo, quizá para otra ocasión, las nuevas andanzas de Eric y Enide; las palabras razonables de Iv, que ya ha entendido la corrección de disponer de un buen plan B, para conseguir el otro, el A, el ideal; la desenfocada mirada de Nozah, que tendrá que buscar otro empleo; y los éxitos de Hanan, precipitados por el Doctor Empleo.

La reflexión actual voló en la cueva diseñada por un prestigioso arquitecto al intentar motivar a varios chavales a través de una oferta de empleo. Cuando se menciona esta palabra, o trabajo, o curro, dinero al final y al cabo, todo es fácil, incluso mediante palabras difusas y ajenas. Claro está que el objetivo de acompañar a alguien a un trabajo no es el particular lucimiento de uno, a pesar de que algunos así lo consideran. El mío es acompañar. Y esto supone atravesar el quicio de una puerta. Ante una oferta de esas de las que presume el presidencial barbudo que habla en silencio, no se puede ser optimista. El trabajo es precario pero existe, es, como el pensamiento de Descartes. Así la puerta puede decirse que provocará una felicidad futura, en la medida en la que cada cuál se esfuerce. Es una ventana de infinitas posibilidades, como Windows. De esta forma lo expreso yo, con palabras profundas y aspavientos de actor de los de antes, como Gary Cooper en Sólo ante el peligro. Maquillaje a granel para tapar hondas estrías.

Una vez destapada la célula de las ilusiones en 8 milímetros, recuerdo algo que vi hace tiempo y tengo grabado a fuego. Me pongo un abrigo gris en blanco y negro, un sombrero vistoso de los 40 y me convierto en Joseph Cotten. Elijo el Tercer hombre. Recuerdo una escena monumental en la que un austriaco dividido le explica - me explica – a Joseph Cotten donde se encuentra el tercer hombre. Así, equivoca la ubicación del infierno, señalándolo con el pulgar hacia arriba. Igualmente hierra acerca del cielo, colocando la mano como cuando los emperadores romanos decidían la muerte. Todo en un inglés parecido al mío, nefasto. Pienso en las semejanzas entre el austriaco y la mencionada puerta hacia la felicidad. ¿Qué hago yo entones?, ¿busco empresas escondidas como quien busca a Orson Welles?, ¿acaso me considero un salvador que cambia la vida de los pobres buscadores de empleo como anhelo modificar el final de El tercer hombre? Entonces surge el eufemismo: Prospector, Intermiador, Laboral, Sociolaboral, Empresa, Empresario, Trabajador, Rajoy. NO. Menos a lo último, puedo responder con mi trabajo, y sin embargo no soy nada de lo anterior, y menos Rajoy. Soy algo diferente. Un ente ubicado entre el bien y el mal, que emplea palabras y otorga hechos para que otros puedan avanzar. Soy un actor secundario cuyo papel caduca inmediatamente después de que el actor/actriz principal inicie su próxima actuación. Entonces se entiende porqué se invita a las personas a atravesar quicios desplomados, menguados por las termitas. Quizá sea porque estos son nuestros quicios, desquiciados. Esos que, sin embargo, pensamos que nos llevarán a la eterna felicidad, es un decir.

A pesar de haber visto a Clint, esta semana me quedo con los abrazos del limón más dulce que he conocido.

Sin más me despido hasta nueva orden.


PD: Sin menoscabo de lo anterior, creo que de todo esto ya le he hablado a mi querido nihilista de apellido judío. ¿O será mi imaginación?

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