sábado, 16 de abril de 2016

EnBuscaDeLaFelicidad

Miro hacia el techo. Observo los mínimos orificios rectangulares que permiten que el aire se distribuya por la sala. Cerca están los focos. Los paneles son cuadrados y se alinean con uniformidad. No hay nada más.

El constructo de la felicidad seguramente sea una insondable porquería infinita. Abarcarla supondría tal complejidad como controlar al ser humano. ¿Eres feliz?

Cuando miras una pantalla en blanco durante más diez minutos, sin saber qué decir, tienes un problema. El último recurso es salirse por la tangente. Las metáforas tienen los días contados, a pesar de los deseos de Judith. El recurso es el pasado. En el local del pasillo interminable repetía indiscriminadamente la pregunta aquí ya citada, ¿eres feliz? Esta duda era una trampa y, de paso, una herramienta potente para acercarme a los chavales, y más si alguno se apellidaba Feliz. El colmo de la felicidad, todo un constructo. Desde que estamos en la cueva no pensaba en eso y no me atrevía a pronunciarlo.

El otro día volví a ver a Kaylin, cuya inserción laboral propició La metáfora del gol. Al repasar ésta, observo mi imprecisión para acertar al nombrar a las personas. Finalmente lo consigo pero para ello tienen que pasar unos meses, o más de una metáfora. Así que Kaylin no es tal aunque sí su historia.

Es sencillo que Kaylin encuentre empleo. Su juventud, simpatía y capacidad de esfuerzo le permiten acceder al mercado laboral, y mantenerse en el mismo. Sin embargo su sentida soledad hace que sus esfuerzos porque vayan bien las cosas se multipliquen. Una idea que recorre estos textos, y quizá toda la intervención social, es la generación/existencia de redes de contactos que faciliten la integración. El más reflexivo de los educadores sociales, Sergio Arranz, me lo recuerda siempre que le veo. Kaylin perdió su red y ahora le cuesta tejer una.

Uno tiene sus virtudes y sus limitaciones. En ocasiones soy como Erik, el vikingo, que cree que llegado a un límite el mar cae por una eterna cascada. Todavía nos falta a ambos descubrir que el mundo realmente es redondo, algo ovalado. Así que hablando con Kaylin, por mucho que uno quiera, hay un momento en el que tenemos que observar como el agua se derrama en su infinita caída, impotentes sin saber qué hacer. Kaylin, ¿tú eres feliz? Kaylin reacciona, piensa y expresa parte de su felicidad, e infelicidad. La metáfora no es tal, sino un medio para hablar e intervenir; reforzar y averiguar; sabiendo que el camino es indefinido pero posible. Una argucia para pensar y actuar.


La felicidad de ellos es similar a la nuestra, a la de todos. Tumbado en la cueva, aprendo a relajarme, en busca, posiblemente, de la felicidad. Acompaño a Elsa y a El limón más dulce que he conocido, en una aventura trepidante. Nos guía La Rosarina, una educada maestra que nos muestra una luz. Por mucho que aspiremos a la felicidad de los demás, en ocasiones se nos olvida la necesidad de cultivar la nuestra.

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