martes, 2 de febrero de 2016

ElCocheFantástico

En este caso, si se permite la extravagancia, para contextualizar esta metáfora sería adecuado pulsar el enlace destacado en azul y dejarse llevar por carreteras infinitas de nostalgia.


En Alsacia desde hace un tiempo se buscan superhéroes, alter egos, personajes en definitiva que asuman el vacío que están dejando las personas.  La propuesta surgió por parte de Doctor Empleo, un personaje creado para la ocasión que desea  tener un par fantástico que le acompañe en sus andanzas a través del empleo.

Los superhéroes pertenecen a la cultura popular, sin duda. El germen puede surgir de una mente privilegiada pero se curten en la calle. Así que dando vueltas el Doctor Empleo por colocar un traje a alguien, algo desesperado, llegó a consultar un listado infinito de protagonistas de comics. Se empeñó en que fuera yo el elegido, pero uno que está más por describir que por ser descrito, daba largas a esta propuesta. Las horas muertas en la cueva se adornan con rayos de sol, con visitas inesperadas, recurrentes. Acuden en ocasiones jóvenes acompañados de sus madres - porque los masculinos parecen escondidos -, con la idea de que alguien les enderece. No sé si en espera de un superhéroe, o simplemente de una piedra de la que brote la chispa. Uno de esos días la pizpireta Sharon llegó con su madre, una mujer sería, atenta y preocupada. Hablaron ambas largo y tendido junto a Judith, con el propósito comentado. Al despedirse la madre se fijó en mí y vio a la rencarnación de aquel personaje trasnochado llamado Micheal Knight. Dejó entonces su seriedad a un lado para manifestar su ocurrencia y colocarme el traje que esperaba el Doctor empleo. En la cueva los milagros están a la orden del día. Al despedirse añadió, “y habrás dejado a Kit fuera”. Pobre. No sabía que yo viajo en burra y me enfrento diariamente con el maligno 70. Aún irreal, aquello sin duda provocó la carcajada más estridente que se ha oído en la cueva.

Pero la sabiduría popular es cierta y predictora. A la semana mi espalda se partió un poquito y el coche, puede que fantástico, me acompañó a los lugares más insospechados.

Entre tanto, he podido pensar, en la responsabilidad en el trabajo. En la importancia que tienen las personas con las que trabajamos, en la necesidad última, por encima de todo y de todos, de dar un servicio de calidad. Tenemos una ventaja, es cierto, nadie nos evalúa, vamos que nadie se preocupa por nosotros, pero también nos corresponde una inmensa responsabilidad de que la gente quede satisfecha. Quizá hagan falta superhéroes. Quien me conoce sabe que ese papel protagonista no va conmigo, pero en este mundo de metáforas se pueden introducir giros que alimenten la reflexión.


Así que ya puestos, le dije a Fran que íbamos a probar el coche fantástico, quizá el mío, porque el disfraz ya lo llevo de serie. Fran visitó anteriormente una metáfora también sonora llamada la del nenúfar y el silbido. Él es de capacidades diferentes y de inserción laboral protegida. Las empresas que interpretan esta protección normalmente  se ubican donde popularmente Cristo perdió el boli. Su acceso está escondido y, en algunos casos, como la empresa a la que iba a ir Fran, se ubican en lugares tan misterios como Guadalajara. Así nos montados en el coche fantástico, un volvo heredado para más señas. El trayecto fue desconcertante.  Fran y un inspirado Michael Knight, yo mismo, nos pusimos a animar al Athletic de Bilbao, con un do de pecho imposible para animar a los leones, mientras, nos llamamos por nuestros diminutivos, y Fran soltaba tacos por su boca porque en su casa debe ser que no le dejan, normal. Él se reía sin comprender aquella informalidad. Entonces recordé nuestra responsabilidad y me alegré por intentar recuperarla. Además mi corazón sonreía precisamente por la informalidad que Fran no entendía, por  la risa, el absurdo, como última vía para el aprendizaje. Bendito trabajo este en el que te puedes disfrazar de payaso a lomos de un coche fantástico que transita por infinitas carreteras de esperanza. 

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